“LA CHUMBERA”

Uno de los lugares que más me inspiran es el pueblo donde me crie; San Bartolomé de la Torre, un rinconcito de Huelva donde nada es lo que parece, (como en todas partes supongo…).

Para mí uno de los mayores placeres que puedo experimentar es pasear o simplemente estar en el campo. Debo confesar que siento especial debilidad por los paisajes andevaleños, donde encontramos vegetación y sonidos  muy variados. A veces, sobre todo cuando vuelvo de tanto estrés, corro para aterrizar en los lugares que tanto me atraídan cuando era pequeña. Estando en ellos me siento en armonía, tranquila, serena. Es lógico entonces que El Olivar, La Huerta de la Torre y otros mas sean paraísos a Dios/a gracias, cercanos para mí.

Cuando era chica siempre andaba con mi padre montada en el transportín de su bicicleta. En muchas ocasiones (la mayoría de veces), los viajes tenían como destino el campo. Siempre que él se lo pedía, mi madre  preparaba aquella parte trasera tan incómoda de la bici  para fabricarme un sillón extra. Ella, con mucho esmero doblaba una colcha vieja y la ataba a los hierros traseros de  aquella BH que tan grande me parecía entonces. Una vez calibrado el invento, mi padre cogía la bici con sus fuertes manos y la sacaba de casa bajando los escalones de la ‘colá’ como si fuera una pluma . Yo esperaba impaciente hasta que le decía a mi madre “Seve, monta a la niña”. Una vez posado el culo  lleno de hormiguillas por la emoción sobre aquel efímero asiento me decía ” Mari, abre las piernas  no sea que metas los pies en los radios”, frase que se repetía a cada instante una vez sentada en él.

Cada día me llevaba a un sitio diferente; a ver a su amigo Isidro y a su perra Tina, (animal que me enloquecía por su nobleza, belleza y  cariño), a comprar chucherías al kiosco de Pepi, a echar un ratillo con su amigo Francisco “El Forte” o con mi tío Domingo que siempre me daba un puñado de higos secos y agua fresca  que sacaba del pozo con la garrucha y que los tres bebíamos directamente del cubo de lata, otros días me llevaba a tomar una Fanta a la Tuerca después de sacarme cinco duros de pistachos de esas máquinas que antes había sobre los mostradores de casi todos los bares…

Recuerdo un día en especial, un viernes que me dijo: “mañana vamos a madrugar, te voy a llevar a un bosque”. Para mí aquella palabra sólo aparecía en cuentos o en las películas, así que yo me preguntaba “¿un bosque en San Bartolomé?”, no entendía muy bien donde podía haber uno de esos allí. (Obvio que me quería seducir utilizando esa palabra mágica).

A la mañana siguiente me levantó mi madre y aunque el sueño vencía casi mis párpados, la emoción hizo que abriera bien los ojos en el momento en el que recordé la cita que tenía, ¡iba a ver un bosque!  Mi padre llevaba algunas horas en pie. Desayuné y realizada la adaptación bicicletera, salimos en dirección al Olivar. Nos adentramos más y más por caminos que yo ya conocía de memoria, pero derrepente se desvió por un senderillo por el que nunca habíamos pasado juntos.

En un instante y tras pasar unas zarzas se abrió un rincón extraordinario que hizo que me quedara perpleja, boquiabierta, cautivada…¡Era cierto y estaba allí, en San Bartolomé! Recuerdo aquel lugar precioso y lleno de olores a jara, a tierra húmeda, a flores…Me parecía increíble como colores, olores y sonidos se mezclaban y nos regalaban aquello tan fascinante. Mi padre me miraba mientras me preguntaba sonriendo ” ¿te gusta?”. El más precioso que pudiera ver, por mucho que luego viajara de mayor, pues ese tan pequeñito en comparación a otros es recordado en mi mente con la misma ilusión que antaño.

Por esta y mil historias más que tengo con el campo, es lógico que ame la naturaleza y todo lo que en ella existe pues me parece un regalo divino.

Pinté este cuadro porque una mañana salí camino de Las Bodegas para fotografiar el campo de mi pueblo. Encontré encimas preciosas que daban sombra a pajarillos que cantaban alegres mientras buscaban alimento y revoloteaban entre sus ramas. El olor…todo lo que mis sentidos disfrutaron en ese instante, me recordaron aquel momento que viví una mañana de invierno con mi padre, volvieron en un segundo a mi pensamiento muchas mañanas como aquella tan mágica que antes os contaba.

Cerca de aquellas encinas había más vegetación, mariposas que tintaban con motas blancas mis ojos, abejas que zumbaban en el aire, más pájaros, más flores… Al otro lado de la carretera, frente al colegio encontré una enorme chumbera cuyo verdor y grandiosidad se erguían como la reina del lugar. Con sus puntiagudos pinchos desafiaban a cualquiera que quisiera tocarla, eso si a nadie prohibían la mirada. En los pies de esta había mucha hierva y florecillas pequeñas que parecían aún más frágiles por la rotundidad de aquella planta cactácea. La luminosidad del día, el cielo azul que se posaba sobre  animales, plantas, árboles y todo lo que había, ponía de manifiesto la belleza de aquel instante. No hago cuadros de lo que veo, más bien hago una interpretación de ello, pero aquello me pareció un verdadero espectáculo que debía pintar  y así sucedió.

Propiedad de David Antolín Jiménez

Acrílico sobre cartón

40 x 30 cm

 

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