“LOS EDIFICIOS MIRONES”

los edificios mirones

“Los edificios mirones”…a  mí sinceramente me parece que miran al/a espectador con curiosidad.

Este cuadro fue de los  primeritos que “parí”.  En ese mismo momento empecé a darle color, pero al rellenar dos de las edificaciones que aparecen me aburrí y lo dejé para otro momento en el que sintiera más ganas. Así pasaron un par de semanas, tres, quiza un mes. Me avergonzaba un poco pintar incluso delante del que era mi compañero de piso entonces, y con el que tengo mucha confianza. Salía corriendo como alma que lleva el diablo si me encontraba trabajando en el salón y sentía que se abría la puerta de la casa…¡tremenda tontería! Pero sí, corría pasillo a través con el lienzo mojado para esconderlo en mi habitación.

Un viernes que me apetecía quedarme tranquila en casa, a eso de las 12 de la noche pensé en retomar aquel lienzo mediano. Quise darle algo más de color a aquello que casi estaba pálido aún, blancura rota sólo por unos trazos a lápiz y dos rectángulos muy poco uniformes de un color que no me decía mucho aún. Empecé a pintar, a pintar más, más…y cuando saqué la cabeza de aquel cuadrado que me había abducido, me sorprendí muchísimo al ver la hora que era; ¡las 6 de la mañana! Pero había terminado.

Me sentía algo entumecida por la postura, siempre he dicho que a mis lienzos más que pintarlos les hago el amor, y más que hacerles el amor les practico el sexo, un sexo a veces salvaje que hace que termine con el cuerpo molido y los huesos crujientes como una caja de galletas recien abierta.Cuando digo que parece casi sexo me refiero a que me echo sobre el lienzo, me giro, lo giro, coloco todo el cuerpo sobre su mitad, lo sitúo sobre mí, lo vuelvo, me vuelvo yo…un baile que hace que termine rendida.

Al terminarlo lo situé frente a mí como suelo hacer. Todo era muy colorido pese a la noche que manifestaba su cielo. Pero la luna iluminaba el lienzo, las estrellas tintineaban lejanas pero con fuerza. Y derrepente, cuando más me estaba gustando el cuadro tras hacer mi habitual crítica, miré los edificios y estos parecían susurrarme cosas, parlotear muy bajito muchas frases, interrumpiéndose unos a otros, ¿a otras? ¿hay edificios hembra? Derrepente me dio un poco de miedo y tuve que volver el lienzo y correr a la cama.

Me acosté pensando si me gustaba o no me gustaba; al final no lo tenía muy claro del todo. A los pocos días, quizás al día siguiente, vinieron a casa dos amigos, Noelia Escudero y Octavio. Ella apreciadora innegable de la literatura, él pintor, compositor de música digital, ambos creativos en definitiva. Les puse en antecedentes para posteriormente mostrarles el cuadro; tengo muy en cuenta sus opiniones. Deseaba críticas ajenas, pues a mí ya se me habían colmado los ojos y poco podía ver o discernir entre la que si y lo que no. La opinión de ambos me importaba y me sigue importando bastante. Les gustó bastante por lo que decían.

Con esta pintura quise mostrar la soledad que una persona puede sentir pese a vivir en un lugar sobrepoblado. El indudable individualismo que se da en esta sociedad que hemos levantado disfrazada de ciudadanía, valores, cercanía y vecindad. La mentira de resider un@s encima y debajo de otr@s en bloques construídos para vivir en concordia y a veces nisiquiera sabemos el nombre de ést@s que tenemos sobre nuestras cabezas o bajo nuestros pies…

Pese a ello no debemos olvidar que existen elementos que siempre nos sonríen, (tal como muestran los animados edificios que nos miran e incluso parecen observar cada movimiento de quien les observa a ellos). Las puertas que dan acceso a su interior se han convertido en casi bocas que nos sonríen sin parar. Las ventanas se abren como escudriñando sus miradas hacia tí que les miras. Por detrás de los que aparecen en primera línea, surgen pequeños y lejanos bloquecitos que  paecen estar empinándose para salir en “la foto”,  sacando la cara tras sus “herman@s mayores”, saltando para aparecer y mirar a quienes les miran, para mirarte a tí. Lo que está claro es que pese a la soledad el cuadro se llena de noche, de luna, de estrellas, de color y de la innegable compañía sin aparecer nisiquiera una sola persona más que los elementos que se muestran.

Hay una carretera solitaria y muy recta que se pierde en la lejanía, ¿dónde irá? Nisiquiera yo que la traje a este mundo puedo saberlo.

Propiedad de Soledad Leon Barba.

ACRÍLICO SOBRE LIENZO

40 x 50 cm

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